La noche del miércoles, en un rincón señorial de la ciudad —ese que respira a espaldas de la Laguna Setúbal—, un hecho ínfimo se volvió en dramático. Bastó que alguien, con la desidia propia de quien ya no tiene nada que perder, prendiera fuego a un montón de ropas viejas frente a una casa abandonada en Padre Genesio.
El chisporroteo, en apariencia inofensivo, pronto se transformó en un incendio que devoró una palmera entera. La estructura en llamas se desplomó como un gigante reseco, arrastrando los cables del alumbrado público. Y así, la penumbra eléctrica se extendió sobre media cuadra, como un presagio.
Pero la oscuridad no vino sola: el humo se metió en las ventanas del hogar de niños José Manuel Estrada, en la esquina de Almirante Brown y Genesio. Allí, doce chicos y sus tutores empezaron a toser en medio de la neblina irrespirable. El viento, cómplice del desastre, soplaba desde la laguna y empujaba las nubes tóxicas hacia adentro, convirtiendo el refugio en una trampa.
Los primeros en llegar fueron los agentes del Comando Radioeléctrico, con la sirena que corta el aire como una amenaza. Después, los bomberos y las ambulancias: cuatro en total (dos del Sies 107 y otras tantas del Cobem) como si la ciudad hubiera despertado de golpe a un incendio de magnitud.
